Solo falta la chispa

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El descarrilamiento intelectual es un proceso silencioso que a menudo pasa desapercibido durante décadas. En su versión colectiva, pueden pasar varias generaciones antes de que sus catastróficas consecuencias resulten evidentes. Y aún entonces nada garantiza que el hilo conductor entre las premisas erróneas, las conclusiones erróneas, y el exterminio de millones de seres humanos, sea correctamente identificado.

“El problema es el capitalismo”, decían los comunistas, y esa misma convicción les impedía entender por qué fracasaban sus intentos de planificar la economía. En lugar de revisar sus premisas, huían hacia adelante apuntando a nuevos chivos expiatorios, purgando un partido ya purgado y repurgado, auspiciando nuevas confiscaciones, nuevas y cada vez más abyectas formas de esclavitud, nuevas matanzas… Luego regresaban a la mesa de diseño rascándose la cabeza y preguntándose por qué, una vez más, habían fracasado. El ciclo entonces recomenzaba, y ni siquiera los verdugos más despiadados, ni los creyentes más serviles, estaban exentos de ser devorados por el mismo aparato infernal que algún día habían ayudado a operar.

Los comunistas habían invertido tanto en sus errores, y era tan alta la montaña de cadáveres que habían amontonado allí donde se suponía que iban a construir la utopía socialista, que su pomposa ideología quedó reducida a la nada utópica función de justificar atrocidades. Cuando el muro de mentiras finalmente cayó por su propio peso, todo lo que dejó ver fue una enorme montaña de cadáveres pudriéndose al sol. En comparación con el legado del comunismo, el de los nazis acabaría luciendo como una inocente travesura.

¿Que eso no puede volver a ocurrir? ¿Que hoy nuestras democracias se hallan blindadas contra cualquier ideología totalitaria? Tonterías. El comunismo no desapareció tras la guerra fría; lo que hizo fue se disfrazarse de oveja y e instalarse cómodamente en occidente –en las universidades, en las escuelas, en los medios de comunicación, en las iglesias… en todos los ámbitos desde donde pudiera influenciar la cultura y el lenguaje–. La democracia, per se, no solo carece de anticuerpos contra esta perniciosa ideología, sino que de hecho la protege y la nutre, al naturalizar la complicidad entre una pandilla de psicópatas y una mayoría idiotizada, cobarde y conformista.

Los tres elementos de la combinación explosiva ya están presentes: la fatal arrogancia de unos, la servidumbre voluntaria de otros, y la idea profundamente arraigada de que la sociedad puede ser dirigida centralmente. Ahora solo falta la chispa.

El futuro de la humanidad depende de nuestra capacidad de fundar una sociedad inmune a los cantos de sirena tanto del integrismo como del socialismo nacionalista o internacionalista. No habrá otra oportunidad; este es el momento de actuar.

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