Para vivir fuera de la ley, tienes que ser un tipo honesto

leyHace pocos días tenía la ocasión de charlar con Lyn Ulbricht, la madre de Ross que es la que está manejando junto con su abogado “lo poco que pueden manejar” frente a lo que el gobierno pretende hacer con su hijo, y con un buen puñado de derechos hasta ahora existentes en el corpus legal. No se había conocido la noticia de que la acusación contra Ross volvía a blandir el asunto de los asesinatos por encargo, que se supo uno o dos días después. Comentábamos cosas banales e incluso le hice notar lo mala que me parecía, por mi cultura española, la fecha del 5 de enero de 2015 para el inicio del juicio, ya que es la noches de los Reyes Magos.

Lyn ha vivido en Costa Rica y tiene relación con la cultura hispana, además de hablar el idioma, pero sin embargo debía estar de buen humor porque quiso interpretar la fecha de la noche de Reyes Magos como una fecha favorable para “su niño” Ross. A mí la idea no me desagradó: creo que pensar con cierta positividad, aunque esté sustentada por una pizca de superstición, es bueno para la salud mental en situaciones tan difíciles como vive esa familia ahora que enfrenta el juicio.

Cuando saltó la noticia pude leer a Lyn, hecha un bicho, preguntándose a qué cojones venía ahora la acusación con el tema de los asesinatos por encargo. Entiendo la sensación de injusticia, ya que no presentan nuevos cargos sino que es una maniobra para mover la atención del público sobre “el rey de las drogas online que era capaz de matar”. De hecho, la única pretensión legal de la acusación es que se les permita usar dos frases encontradas en el portátil de Ross para probar que “intentó defender su empresa criminal”. Pero la pretensión real busca situar en el imaginario del espectador que existen víctimas de sus actos. Lo cierto es que hay estudios que han apuntado cómo Silk Road, su presunta creación, ha servido para reducir la violencia asociada en los mercados de drogas, y varios periodistas han dicho que les cuesta horrores encontrar una sola persona que diga algo malo de Ross. No encuentran víctimas por ningún lado, ni USA ni Canadá. Sólo gente agradecida.

La parte más forense de la evidencia se ve seriamente torpedeada por los difusos y vagos datos sobre cómo se encontró el servidor (y que muchos especialistas califican directamente de mentiras del FBI), sobre toda una serie de intervenciones que se hicieron sin orden de registro y otras cuyas órdenes de registro eran más parecidas a expediciones de pesca (en palabras de Lyn) en las que se invadía por completo la intimidad y existencia de una persona en busca de cualquier detalle incriminador, cosa que la constitución de los USA teóricamente prohíbe.

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La parte técnica, la que sustenta que Ross es quien ellos dicen que es, se cae a trozos por lo que se ha dado en llamar “la construcción paralela”. Esta idea expresa cómo la NSA y otras agencias gubernamentales junto con las de otros países, facilitan a otras policías información que debía haber sido requerida de forma correcta y por cauces legales, en el contexto de una investigación dirigida por un juez previamente.

Los chivatazos mágicos, los hackeos, la violación de las comunicaciones para las que los jueces han dictaminado que, si son digitales, no están protegidas por la constitución como las no digitales, contaminan moral y legalmente el proceso contra Ross, haciendo muchas de las pruebas inválidas… o al menos eso era así hasta ahora.

Es cierto -nunca dejó de serlo- que Lyn defiende a su hijo. Pero no por eso es menos cierto que las argumentaciones que se manejarán en ese juicio sentarán peligrosos precedentes en el mundo digital. No sólo la cuestión de si el bitcoin es dinero o recibe otra calificación -viendo cómo de rápido lo vende el FBI está claro que sabe darle uso- sino también hacer buenos todos los mecanismos usados en la captura: el enfermizo “fin que justifica los medios” del caso Silk Road, y que afectan a la jurisprudencia para futuros casos sobre la forma en que la red se gestiona.

El asunto de la violencia.

Tras conocerse que se volvían a airear -más que a usar- las acusaciones de asesinato por encargo, he podido ver a mucho hipócrita cuestionando la legitimidad en esas acciones, clamando sobre los principios de la no-violencia, el criptoanarquismo o el anarcocapitalismo. También personas que apoyan, al mismo tiempo, la tortura por parte de los estados, los asesinatos extrajudiciales e incluso las desapariciones aplicadas contra los contrincantes ideológicos, criticaban con ferocidad que Ross hubiera podido tomar la decisión de acabar con una persona.

Ross es acusado de mantener un mercado anónimo que se encontraba fuera de la ley y que, por lo tanto, no podía recibir su apoyo. El simple hecho de revelar su identidad le hubiera puesto en un peligro que afectaba a toda su vida, relaciones, familia y amigos: le hubieran metido en la cárcel por ser Dread Pirate Roberts. Sin embargo, Ross no creó ese mercado a base de eliminar competidores con la violencia o la amenaza -incluso agradecía la existencia de otros mercados compitiendo- sino a base de ofrecer un buen servicio a vendedores y clientes en sus tratos. El negocio de Ross se basaba en mantener un punto de reunión útil para personas con intereses coincidentes y en cobrar por ello: algo que no crea víctimas, como pretende mostrar ahora la acusación, sino clientes agradecidos.

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¿Quienes son las víctimas entonces?

Hace unos meses, un grupo de rateros sin ocupación del barrio robaron en una frutería. No eran peligrosos, no especialmente, pero eran muchos y agredieron al frutero, le robaron unos melones y agredieron a su hija delante de él, tirándole del pelo e insultándola para intimidarla.

El frutero, que es un tipo con historia y amigos, salió a dar caza a los ladrones y agresores -tras denunciar a la policía el hecho, que simplemente reconocía su impotencia en el asunto- con otras personas del barrio. La policía tuvo que “tomar el barrio” para evitar que hubiera un ejercicio de justicia popular, pero los agresores, en vista de lo que les esperaba, se vieron obligados a abandonar la ciudad y a mudarse a otro punto del país. ¿Todo por unas piezas de fruta y un tirón de pelo a una chica? No. Todo por ir a meter la mano donde no debes y a abusar violentamente de otros.

Nadie en su sano juicio diría que los atracadores y agresores en esta historia eran víctimas, sino lo normal es que todo el mundo entienda que “se lo han buscado” al iniciar una acción violenta. Guste o no, contra el inicio de una acción violenta sólo cabe defenderse o aceptar ser la víctima. Ross gestionaba un mercado en el que el anonimato era esencial, ya que participar en dicho mercado es ilegal -a día de hoy- en la mayoría de los países. El simple hecho de consumir una droga es delito ya en algunos. En el momento en que una persona amenaza a Ross con revelar datos de vendedores y de clientes, está poniendo en peligro -blandiendo una amenaza violenta- las vidas de esas personas, que pasaban a ser rehenes en manos del chantajista. ¿Estaba justificado que Ross defendiera, con los medios a su alcance, su negocio y a sus clientes? ¿Qué hubieras hecho tú? ¿Entregarte a la policía y contarles todo causando el mismo o mayor daño? Yo entiendo la opción a la que te conduce quien te pone en esa tesitura: y cuando la cosa se reduce a mi vida o la tuya, prefiero salvar la mía, más cuando no he hecho mal a nadie y tú sí.

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Hay otro de los asuntos que habla de que Ross quiso darle pasaporte a alguien que le había robado una importante suma de dinero. Volvemos a estar en el punto en que el que todas las opciones de actuación que tiene por su posición, son ilegales, y el chantajista o el ladrón lo sabe.

¿Eso es matar por dinero? Sólo si recurrimos al simplismo infantil para explicar las cosas.

Supongo que mataría por defender mi dinero. No le pegaría un tiro por la espalda a un carterista que me robase el dinero del bolsillo sin causarme otro daño, pero si una fuerza violenta como un chantaje o una extorsión pusiera en peligro los recursos que sostienen mi vida y la de los míos, tendría que reaccionar o pasar a ser un ser parasitado por la violencia de otros.

Hay quien dice que el dinero no vale tanto como una vida humana. Y es cierto. El dinero no lo vale. Lo valen las vidas humanas que dependen de él para su cuidado, techo, comida, salud. Puedo intentar evitar la violencia asociada a los flujos económicos con medidas de seguridad y protocolos, pero cuando finalmente la violencia llega tu puerta… ¿cuánto estás dispuesto a que te roben?

Si pudieras evitar un robo de tus bienes con un disparo de un arma que matase al ladrón… ¿cómo valorarías su vida? ¿cuándo dispararías? ¿Cuando te hubiera robado un 10%? ¿Un 30%? ¿Un 50%? ¿Cuando tus hijos empezaran a pasar hambre o a tener frío? ¿Esperarías a que les apeteciera, de paso, violar a tus hijas o a tu pareja?

Obviamente el caso de Ross tiene el componente de que no puedes recurrir a la ley para la defensa de tus derechos ni contar más que como enemigos con las fuerzas de la ley. La acusación que tratan de sostener al volver a desenterrar el asunto de los asesinatos por encargo es que Ross conspiró para defender su empresa, y a sus clientes, de quienes les atacaban. Sea cierto o no: ¿quién tiene el valor de tirar la primera piedra contra alguien que simplemente se defendió?

Era Bob Dylan quien decía eso de que tenías que ser un tipo honesto para vivir fuera de los límites de la ley. No resulta difícil entender el porqué.

Imagen por Nemo

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