Ni gobierno mundial, ni criptomoneda estatal

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Por Luis Rodríguez (@SomosPolvo)

Personalmente no soy fanático de las teorías conspirativas, y vaya que he leído sobre varias. En el presente artículo me referiré a una de ellas, que señala la existencia de una secta que desde el inicio de los tiempos ha monopolizado el control de la humanidad, y que tiene planes de implantar un gobierno mundial al servicio de un emperador capaz de someter al mundo a las más grandes penurias: los illuminati.

Quizás nunca has escuchado este tipo de cosas, quizás tienes un par de contactos en facebook que solo hablan de ello, o quizás eres un convencido y te tomas este artículo como una crítica directa. Cual sea el caso, siempre he querido tocar el tema desde una perspectiva que aunque no asuma estas cosas como ciertas, se anime a examinar algunos de sus enunciados.

Cuando escuchamos por primera vez hablar del “nuevo orden mundial” –la forma en la que se llama al sistema que teóricamente los illuminati quieren implantar–, es normal que sintamos cierta curiosidad por el discurso, un discurso aparentemente novedoso, capaz de enganchar por un rato a más de uno que haya logrado intuir que algo en este mundo está mal.

A continuación, me permitiré tocar algunos de los planteamientos que sostienen los teóricos del nuevo orden mundial, pero desde mi propia perspectiva:

No es cuestión de elección entre izquierdas y derechas

Los teóricos de la conspiración sostienen que los problemas del mundo no se solucionarán eligiendo entre partidos y candidatos de izquierda o derecha. En lo particular, esta es una idea con la que simpatizo, no porque crea que el verdadero problema son los masones (para los teóricos de la conspiración, una fachada de los malos) y que todo gobernante sirve a sus intereses, sino porque considero que en cuestiones políticas se nos suele presentar un falso dilema.

¿Qué significa izquierda y derecha en política? Definirlo resulta bastante difícil sin dedicarle su propio artículo al tema. Sin embargo, puedo decir que, en general, cabe asociar “izquierda” con posiciones que se consideran a sí mismas revolucionarias y que a menudo justifican la violencia para lograr cambios radicales. Por su parte, la “derecha” es asociada con posiciones más o menos conservadoras, generalmente en cuanto a algo que se considera parte del status quo. La concepción que solemos tener en la modernidad de estos lados asocia a los primeros con el socialismo y a los segundos con el capitalismo, cosa que no es del todo exacta pero nos permite más o menos entender por dónde van los tiros.

¿Cual es el falso dilema? Pues que solemos elegir entre izquierdas y derechas, pero difícilmente nos preocupamos por conocer qué ideas específicas defienden, cómo ven el mundo y cuáles son sus valores. Los líderes intelectuales de izuierda o derecha (al igual que muchos de nosotros) suelen compartir una inclinación por el estatismo; piensan que lo que necesita el mundo es más Estado, ya sea para regular a punta de pistola a “los avariciosos”, o el comportamiento y la vida privada de “los libertinos”. En resumen, los progresistas y socialistas se meten en tu bolsillo, los conservadores se meten en tu cama, pero ambos pretenden establecer tus prioridades.

La sociedad necesita despertar de una “matrix”

La segunda idea que no rechazo es la de que la sociedad necesita despertar de una especie de sueño. Sin embargo, no digo que este sea creado por una secta político-religiosa para mantener sometida a la población, “mientras los ciakar, amos del universo y supremos señores reptilianos, logran cruzar a este plano para devorar a los enclenques humanos”. Yo me refiero al pensamiento de masa y el marxismo cultural.

El colectivismo, es decir, la idea de que el colectivo –como si se tratase de un ente que piensa y siente– tiene derechos, y que estos “derechos” además están por encima de las libertades individuales, es parte del pensamiento dominante. Diariamente podemos escuchar cómo la mayoría de las personas, cuando tocan temas de política y organización social, sacan a relucir entidades imaginarias como “el pueblo”, “el país” o “la nación” y le asignan atributos como voluntad y sabiduría.

El problema, sin embargo, no es si de hecho existe el colectivo, sino que tendemos a olvidar nuestra individualidad y nos perdemos dentro del concepto. La afirmación de que todo colectivo está formado por individuos cuyos pensamientos, deseos e intereses son diferentes, que pueden sí agruparse en torno a fines e ideas que tienen en común, queda en general como un mero formulismo.

Un gobierno mundial no es algo deseable

Me gustaría comenzar definiendo a qué me refiero con “gobierno mundial”. Admito que no sé qué tan probable es que una única institución llegue a gobernar monopolicamente a todos los habitantes del planeta o qué tanta resistencia pueda enfrentar. No traigo estadísticas, ni mediciones; pero la idea de algo así me aterra, basándome en la visión que tengo del Estado y los monopolios.

En realidad, me da igual si un Estado así se inclina inicialmente hacia el socialismo, hacia el conservadurismo, o si desarrolla lo que para su tiempo sea el mejor sistema democrático o republicano conocido. No es deseable. El alcance de un gigante así dejaría al individuo desprotegido, y sometería al más duro positivismo jurídico a cada uno sin que haya margen de acción para defenderse.

Las criptomonedas estatales son un peligro para los individuos

En numerosas ocasiones he expuesto mi pensamiento en cuanto a la relación de las monedas con la política. He dicho sobre ellas que el mayor problema no son sus características, sino que nos obligan a usarlas; algo que conocemos hoy como “curso forzoso”.

Parafraseando un poco (no recuerdo a quien), “una buena moneda no necesita que nadie sea obligado a usarla”; las personas valoran subjetivamente qué forma de dinero quieren usar, y por lo general escogen bien. De todos modos, si no lo hacen es su problema.

Aunque se tratase de una moneda buena respaldada en oro o plata, la obligatoriedad es siempre perjudicial para el individuo que se precie de elegir por sí mismo. Debo decir que con la llegada de los criptomonedas el peligro ha aumentado, no porque la innovación que ha traído la cadena de bloques sea mala en sí misma, o porque haya sido diseñada para esto, sino porque aunque las tecnologías son neutrales, su uso no lo es, y las características de una moneda con estas potencialidades pueden derivar en distorsiones que solo el poder de los Estados puede implementar a gran escala.

Hace unos días leía sobre cómo en Ecuador ya se comienza a imponer a los bancos trabajar con la nueva moneda virtual del Estado; si no lo hacen, esto puede traducirse para ellos en fuertes sanciones o represalias. Considerando al individuo como la minoría más pequeña, ya debería entrever el lector por qué el tema llega a ser tan delicado. El poder de un Estado es en la práctica ilimitado (aunque en teoría pueda tener limitaciones que pueden mantenerse por un periodo de tiempo tal que haga los cambios imperceptibles entre generaciones), y el que tendría un Estado global sería suficiente para permitir el nacimiento de la tiranía más dura que haya visto la la humanidad, independientemente de las “buenas intenciones” e inteligencia de quien lidere.

Conclusiones

Si bien no soy fan de las teorías de la conspiración en general, suelo hallar cierto placer en leer entre líneas y examinar algunas ideas por separado cuando tengo la oportunidad, sobre todo porque aunque no pienso que toda idea sea válida solo por ser defendida por una persona, respeto bastante las preocupaciones de la gente y me gusta encontrar la raíz de ellas. Independientemente de qué tan viable sea la creación de un gobierno mundial, la preocupación por el impacto que semejante organización podría tener, o por la aplicación que puedan hacer los Estados (unificados o no) de tecnologías disruptivas como las relacionadas a las monedas digitales, es legítima.

Bitcoin pone en práctica el principio de no agresión al momento de aplicar sus reglas. No es una moneda cuyo uso sea forzoso, y aunque se fundamenta en el consenso, ningún nodo usa la fuerza contra otro para obligarlo a actuar de cierta manera; es una forma de anarquía que lleva a la práctica el principio del voluntarismo que algunos como yo defendemos.

Cambiar las características que hacen a esta moneda (la primera en su tipo) mejor que las monedas fiduciarias e incluso el dinero patrón, puede llevarnos a distorsionar la visión original de empoderamiento y protección de cada uno de los usuarios.

Siempre existirá el riesgo de que alguna organización desarrolle un clon relativamente exitoso que centralice su emisión, y que haga todo lo posible para lograr la erradicación de la privacidad. Pero siempre tendremos de nuestro lado la posibilidad de hacer un fork si alguien quisiera cambiar a Bitcoin para convertirlo en algo diferente, además de la justificación moral para desobedecer a cualquiera que intente controlar o violar la privacidad de sus usuarios, sin importar que se trate de un Estado nacional o de un gobierno mundial.

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