La DAO y otros espejitos de colores

espejo

Hoy más que nunca, el dictum de cypherdoc –“la mayoría de la gente que invierte en criptomonedas va a perder dinero”– retumba en todo el cryptomundo con la fuerza de una advertencia bíblica. Y es que es triste pero cierto: ante cualquier auténtico cambio de paradigma –como el inaugurado por Bitcoin– la inmensa mayoría de la gente primero se inclina por un escepticismo tan extremo como irracional, para luego –meses o años después– correr a comprar espejitos de colores con la inocencia de niños en edad preescolar.

Ayer, el último espejito de colores voló en mil pedazos. En pleno clima de euforia alimentado por una nueva ola de manía tecno-utopista, el experimento de la “DAO” finalizó prematuramente con un estallido atronador –que no pocos habían anticipado–, dejando un tendal de víctimas aturdidas, desencantadas y empobrecidas. La mecha había sido encendida por un hacker que supo aprovechar un error en el código para apropiarse de 3,6 millones de ethers (las unidades con las que se opera en la red Ethereum) previamente en control de la DAO.

La DAO es la más grande –y, hasta ayer, la más promocionada– de las Organizaciónes Autónomas Descentralizadas basadas en el tipo de contratos inteligentes que Ethereum permite crear y ejecutar en su cadena de bloques. Esta organización, en la cual unas 10.000 personas habían invertido el equivalente a 160 millones de dólares en ethers, funcionaba como una especie de complejo contrato futurista, autogobernado y autoejecutado, teóricamente capaz de coordinar la asignación de capitales para la construcción de diferentes productos y servicios.

Pero a juzgar por los últimos acontecimientos (en especial el anuncio de posibles medidas tendientes a revertir las transacciones efectuadas por el hacker para así rescatar a los inversores), la DAO no parece ser descentralizada ni autónoma –ni inteligente ni inmutable ni irreversible, al contrario de los que sus apóstoles afirmaban–; parece más bien un contrato común y corriente, pero con una “nota al pie” de mil páginas únicamente legible con microscopio electrónico.

En realidad la DAO voló en mil pedazos porque ya estaba seriamente dañada antes de su lanzamiento, pero ninguno de los inversores había prestado atención a las grietas. Estaban muy ocupados imaginando refrigeradores que se poseen a sí mismos y que utilizan Ethereum para pedir comida a una organización descentralizada capaz de gestionar en la bolsa de valores el crowdfunding de drones autónomos que entregan los pedidos interactuando con puertas inteligentes accionadas por un oráculo que vive en el seno de una meshnet.

Porque una moneda digital descentralizada que acabará con miles de años de control monopólico sobre los medios de intercambio no es suficiente; ellos –los hechizados por el discurso tecno-utopista– quieren más, mucho más… y lo quieren ya. No han entendido las razones por las que Bitcoin importa, o no han querido entenderlas; han puesto el carro delante del caballo; han perseguido el lucro sin pensar en la utilidad de los proyectos que patrocinan; han mordido el colorido anzuelo de las palabras de moda; han confundido exceso de ingeniería con diseño inteligente; han invertido dinero en engendros promovidos por campañas de marketing vacío… Y todo eso junto se paga muy caro.

Años atrás, el propio Satoshi Nakamoto ya había advertido acerca de los peligros que supone abrir las puertas del protocolo a complejas secuencias de comandos, pues estas esconden el potencial de menoscabar la seguridad de Bitcoin y su función de buena moneda. Mientras contemplamos las ruinas de la DAO, es oportuno recordar las razones que motivaron la creación de la primera criptomoneda, tércamente ignoradas tanto por los impulsores de la DAO como por los tecnócratas de Blockstream:

La condición de buena moneda es la verdadera “aplicación matadora” (killer app) de Bitcoin. El problema más grave del mundo en que vivimos no es la ausencia de contratos inteligentes autoejecutables, sino la corrupción de la institución moneda. (…) El mercado está pidiendo a gritos una buena moneda –aburrida, prosaica, indispensable moneda, pero por fin libre de la colosal mafia de los bancos centrales; por fin al servicio de los usuarios; por fin capaz de proteger el valor de nuestros ahorros–.

(“Como Berlín oriental, pero sin el muro“).

Tenemos que volver a lo básico. Es el valor del bitcoin –la unidad de cuenta– lo que asegura el buen funcionamiento de la cadena de bloques, y no al revés. Sin una unidad de cuenta fiable y bien establecida, cualquier contrato inteligente –incluso uno simple y libre de vulnerabilidades– tiene tanto futuro como un contrato escrito en la arena. Y no hay desafío más arduo para un proyecto de código abierto que el establecimiento de una unidad de cuenta independiente del poder coactivo. Mengerian explica por qué, recurriendo a una metáfora que me parece acertada:

Suelo pensar en el mercado como en un criador que va seleccionando ciertas cualidades en los inversores. El Sr. Bitcoin ha sometido a sus poseedores a muchas pruebas para ir descartando a los descuidados, los excesivamente crédulos, los impacientes, y los que pierden el entusiasmo fácilmente. En consecuencia, el ejército de los poseedores de bitcoins ha crecido fuerte y resistente. Ethereum, desde su creación, ha seleccionado a personas que se sienten atraídas por los encantos de la brujería técnica, y que buscan la próxima gran novedad. Lo mismo sucedió con Bitcoin al principio, pero a través de una larga serie de duras lecciones ha ido templando y moderando a sus poseedores.

No sé si rescatar a las víctimas de estafas está moralmente justificado. Sí sé que una consecuencia inevitable de dicho rescate es que se deja el dinero en manos de personas que son víctimas de estafas, y que probablemente son más propensas a caer en otras estafas en el futuro (o a exponerse a riesgos excesivos o innecesarios). En unos pocos miles de años, los criadores de perros convirtieron a los lobos en Shih Tzus. Y si bien los Shih Tzu pueden ser tiernos y amables y disfrutar de un entorno doméstico, es probable que no les vaya muy bien si se los deja en un entorno salvaje para que compitan con los lobos.

Dicho lo dicho, no quiero cerrar esta entrada sin unas palabras de aliento para los tecno-utopistas impacientes –o quizás para el tecno-utopista impaciente que todos llevamos adentro–. Tengan ustedes presente que si logramos romper el monopolio estatal sobre el dinero, la explosión de productividad será tan descomunal que hasta el más delirante de los escenarios que ahora imaginan palidecerá en comparación con las posibilidades que nos depara el futuro.

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