El fin del mundo tal como lo conocemos

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¿Por qué, a pesar de los permanentes ataques desde múltiples frentes, Bitcoin sigue avanzando, imperturbable, hacia su destino manifiesto? ¿Por qué, a pesar de todo, Bitcoin se ha apreciado frente al dólar más que ninguna otra moneda –y con mucha diferencia– en 6 de sus 7 años de vida?

Aunque en el corto plazo puede fluctuar con bastante violencia, en el largo plazo el precio del bitcoin dibuja una curva francamente ascendente. Esta curva se ve impulsada en parte por factores internos (las ventajas que ofrece Bitcoin como moneda), pero son los factores externos los que catapultarán a Bitcoin hacia la luna y más allá.

El precio del bitcoin no tiene techo porque el cinismo, la estupidez, la cobardía y la ignorancia de políticos, académicos y periodistas no tienen techo. Si a eso le sumamos el analfabetismo económico y la propensión acomodaticia de una mayoría embrutecida por los programas “educativos” estatales, lo que nos queda es una mezcla inestable cuyo resultado será una explosión de proporciones nucleares –y de consecuencias tanto más catastróficas cuanto más logren postergarla–.

En el mundo fiat, el gasto deficitario ha pasado a ser visto como algo normal y saludable, el crédito como un estimulante que debe ser inyectado a la fuerza para mantener a flote la economía, la deuda impagable como un problema que se resuelve con más deuda, la regulación compulsiva como la solución a todos nuestros problemas, el Estado niñera como un sustituto viable de la familia, y la integración forzosa de culturas incompatibles como una manera legítima de tapar gujeros fiscales (en el corto plazo), asegurarse los votos de una población cada vez más dependiente (en el mediano plazo), y, en el largo plazo, compensar la baja natalidad de los locales asfixiados por impuestos y atrapados en un laberinto burocrático que extingue hasta el último rescoldo de su espíritu emprendedor.

Ignorar la realidad no va a hacer desaparecer los problemas. Cuanto más asfixiante se torne el ambiente para la clase productiva, más gente huirá de la economía centralmente planificada hacia la economía libre. Tarde o temprano, el mundo fiat se verá reducido a escombros, y dentro de sus bien vigilados muros vagarán hordas de parásitos sin huésped, enfrentándose aquí y allá por los últimos remanentes de riqueza que aún pueda ser saqueada.

Guste o no, el fin del “Estado benefactor” es una certeza matemática. La mecha está encendida y ya no se apagará. ¿Qué hacer mientras tanto? ¿Lamentarnos por la futura extinción de la actual clase política y sus socios en el crimen? ¿Lamentarnos por el destino de las masas de vividores que piden más Estado (más recursos ajenos a cambio de nada) para salir del pozo en el que el propio estatismo nos ha metido?

A pesar del inevitable sufrimiento que todo cambio tectónico trae aparejado, recibiremos con alegría el nuevo paradigma. No derramaremos ni una lágrima por la suerte de los responsables de la catástrofe que se avecina –desde los ideólogos y arquitectos del sistema monetario y financiero que nutre al poder coactivo, pasando por todos sus beneficiarios directos e indirectos, hasta los millones que, enterados de la naturaleza corrupta e insostenible del sistema, han optado por la comodidad del silencio–.

El llanto no frenará la decadencia del “Estado benefactor”, así como no frenó en su momento la decadencia de Roma. En todo momento y lugar, la intervención estatal desencadena consecuencias no previstas que motivan nuevas intervenciones, una más descabellada que la anterior, en una sucesión de atropellos que tienden a espiralarse hasta el punto en que todas las personas decentes se ven forzadas a operar fuera de la ley. Cuando se pierde todo incentivo para crear riqueza dentro del sistema, sabemos que la decadencia es terminal.

Pero la decadencia del estatismo no tiene por qué suponer la decadencia de los valores que occidente ha representado y llevado a su expresión más plena. Gracias a Bitcoin, hoy tenemos la oportunidad de contener el daño, rescatar a quienes lo merecen, y reconstruir la civilización sobre bases sólidas.

No cabe descartar un nuevo renacimiento.

Imagen por photoshopper24

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