Cuando la norma es la locura

norma-locuraCuando a nuestro alrededor la norma es la locura, cualquier afirmación razonable puede meternos en problemas. “No se puede gastar indefinidamente por encima de los ingresos”; “No se puede gastar lo que no se tiene”; “No puede haber inversión en ausencia de ahorro”; “No puede haber aumento de productividad en ausencia de inversión”; “No se pueden atraer inversiones con medidas que las repelen”…

Si hiciéramos estas afirmaciones –algunas de las cuales son obvias para cualquier niño de cinco años– en un foro económico que reúne a las personalidades más influyentes del planeta, seríamos calificados de fanáticos, de radicales, de ingenuos, soñadores, superficiales, etc. y proscritos de los círculos “serios”, “adultos” y “profesionales” en los cuales hay que lucir traje y corbata y decir cosas tales como que lo negro es blanco (o que “depende del cristal con que se mire”), y que uno más uno puede ser igual a dieciocho siempre y cuando lo ratifiquen las autoridades.

¿Por qué, entonces, si es verdad que cualquiera que no sea clínicamente idiota puede entender el sinsentido que expectoran nuestros “líderes”, tanta gente acepta la locura del statu quo como si se tratara de un evangelio?

¡Porque ES un evangelio!

Para el observador racional, un sistema monetario basado en dinero de curso forzoso luce como el producto de un delirio magalomaníaco digno del reverendo Jim Jones. Tal como este demente que supo conducir a su grey al suicidio colectivo, los sacerdotes de confesión keynesiana exigen fe en los milagros (de la moneda fiat) y obediencia ciega al poder de turno hasta el final.

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Reverendo Jim Jones

El examen crítico de las tesis keynesianas es considerado herejía, y castigado con las herramientas que admite nuestra época para tal fin. Afortunadamente, hoy en día no está bien visto quemar a los herejes, pero si te atreves a decir la verdad y a exponer la raíz de los problemas que los académicos estatistas crean, atizan y multiplican con sus mágicos programas, experimentarás en carne propia formas de castigo muy efectivas.

Los seres humanos podemos tolerar muchas cosas, pero el ser constantemente señalados por nuestros pares como chiflados, irresponsables, peligrosos, insolidarios o cualquier otro calificativo que nos arrojen con la única intención de humillarnos y desacreditarnos es algo que mantiene encendidas nuestras alarmas biológicas hasta el agotamiento físico. Nótese que si bajo tales circunstancias optamos por el conformismo no es porque nos han persuadido con buenos argumentos, sino por miedo a las consecuencias de defender una verdad impopular ante un fraude popular.

Tan doloroso resulta este tipo de ataque horizontal –de esclavo a esclavo– que, con tal de evitarlo, cientos de millones de jóvenes a lo largo de la historia se han arrojado impacientes al infierno de cualquier batalla que les permitiera limpiar con su sangre la sospecha de cobardía o deslealtad a la patria. No, no le tememos tanto a nuestros amos como a lo que son capaces de hacernos otros esclavos para congraciarse con nuestros amos –y así librarse ellos mismos del ponzoñoso ataque horizontal– cuando ponemos en evidencia sus cadenas.

Y los principales beneficiarios de la locura imperante –los que se aferran a la cima de la pirámide– lo saben muy bien: saben que en el fondo somos unos simios temerosos de perder la protección de nuestro grupo. Pero también saben que podemos ser conscientes de este mecanismo atávico, que podemos aprender a controlarlo, y que el ostracismo que ahora funciona a su favor también puede funcionar en sentido contrario. Por eso invierten tanto dinero en propaganda y adoctrinamiento –esto es, en mantener en buen estado su disfraz de oveja–.

De nosotros depende revelar su condición de predadores y acelerar su caída.

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